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Grupo Literario - San Francisco *Córdoba *Argentina

MARTHA DAMIANO



Memé en la neblina
2º PREMIO   Santa María De Punilla    -  24/03/2012



Disculpe Señora ¿Qué hora es? Cada sílaba se me clavó como dardo en el corazón. Debía asumir la realidad: la tía Memé  estaba pero se desbarrancaba en el no ser.
Convoqué con urgencia a mis primas, debíamos aceptar que la mente del hada tutelar de nuestra primera infancia se estaba dispersando. 
Fue una reunión empapada de nostalgias.
Recordamos los veranos  compartidos en el pueblo en la casona de los abuelos, donde Memé reinaba. Evocamos las excursiones para cosechar duraznos o recoger huevos, los collares de flores de paraíso que nos enseñaba a ensartar, las siestas en que sentadas en el suelo de la galería nos adiestraba en lanzar las piedritas de la payana.
Revivimos la magia fragante de su cocina: el aroma sutil del dulce de duraznos cociéndose lentamente, las batatas al rescoldo, el arroz con leche enfriándose para la cena, y su risa, sus cantos, sus cuentos cascabeleando a toda hora. Nos vimos al promediar la tarde, ella controlando el lavado minucioso, el cambio del delantal por un vestido, zapatillas limpias y un peinado escrupuloso, “porque una señorita debe estar siempre bien prolija”.
 Rememoramos a Memé trasladando sillones de mimbre hacia la vereda; los mayores en su ronda de mates previa a la cena, nosotras y niños vecinos sentados en el cordón, atentos a la aparición del camión regador que marcaría la llegada de la noche: Cuando lo divisábamos, la gritería se imponía sobre el rumor monótono de las chicharras y en estampida nos dirigíamos a la esquina a saludarlo. El viejo José, se unía al juego, detenía la marcha para acrecentar la expectativa, luego con ímpetu, abría al máximo el grifo y reiniciaba lentamente el recorrido Una nube irisada por los rayos del sol ya en su ocaso, se elevaba para  derramarse sobre la tierra sedienta de la calle calcinada. El olor a tierra mojada embalsamaba el aire y un coro de voces fervorosas entonaba a voz de cuello el “que llueva, que llueva…” la comitiva infantil  acompañaba al regador hasta la esquina siguiente, mientras la tía nos alentaba con palmadas y los tíos y abuelos suspendían sus charlas ante la ceremonia cotidiana. Esto marcaba la hora del retiro y la cena.
                                                         ….
Como un último homenaje a ese pasado dichoso, decidimos llevar a Memé en visita al pueblo. Salimos un domingo temprano. Todo lucía mas elemental y pequeño que lo que recordábamos. También la casa, ahora habitada por los únicos allegados que permanecían allí. La tía se mostró animosa y dispuesta durante la jornada aunque sin dar muestras de reconocimiento. Al atardecer sacamos las sillas a la vereda para una última charla. Memé tensa y callada miraba hacia la esquina. Apareció un camión regador, ya no el carromato de José, pero como en los viejos tiempos, una neblina brillante se esparcía a su paso y se fundía con el polvo de la calle. Dulcemente, la tía comenzó a canturrear el “que llueva, que llueva”…que instintivamente acompañamos con voces trémulas hasta que se perdió por la esquina siguiente. Memé nos miró con un último destello en sus ojos queridos y volviéndose hacia mí me preguntó:
              ”Disculpe Señora ¿Qué hora es?

  


MADRE TIERRA

Una raya amarilla sobre lose darán las tinieblas. Como huyendo de la claridad que se avecina, ellos se precipitan por la boca hacia las entrañas oscuras, hundiéndose más y más…
Ella los acoge y los deja hacer. Son sus hijos. Antaño la honraban con cantos y libaciones. Hoy la arañan, la roen, la despedazan. Son sus hijos, y sabe que tanto para aquellos como para éstos la subsistencia depende de lo que ella les brinde.
Pero llega el día en que resuelve retenerlos en su vientre tibio. ¿O no inmolaron acaso esos pueblos desde siempre a sus mejores hombres en ofrenda a sus dioses?
La montaña se aquieta satisfecha, los hombres no.
Una muchedumbre frenética hormiguea junto a la boca: quieren rescatar a sus hermanos.
Más para sosegar conciencias que con esperanzas fundadas, comienzan desesperados intentos. Los hombres del cobre saben que lo que la montaña toma no lo devuelve.
Ya se van a abandonar los esfuerzos cuando la peña se apiada por tanto dolor y ruego. Permite que una débil señal sea percibida en la superficie.
Se renuevan las esperanzas y redoblan los trabajos.
Un día, un día que suena a gloria se confirma que no hay muertos. Solo prisioneros.
El país, el mundo, gritan la resurrección y las voluntades se unen en plegaria.
Ya van 30 días de conjunción en esa empresa de final abierto y aun falta mucho para el desenlace.
La vigilia ¿será propicia para reflexionar sobre qué mensaje nos quiso transmitir la Madre?



Kumari

En las noches, cuando el silencio rebota en los cuartos vacíos de este palacio solitario, soñé a menudo con montarme en un rayo de luna para cabalgar hasta mi aldea al pie del Himalaya. ¿Cuántos años soñando lo mismo? Pero creo que ya no. Se están cumpliendo los tiempos y sé que en breve terminará mi reinado Y… tengo miedo
La angustia me atenaza al pensar en el futuro pese a que la soledad y el encierro en los que vivo terminarán.
Debo confesármelo, me acostumbré a que nadie me dispute la comida, la ropa o el lugar, reemplacé la amistad por el despotismo y disfruto de la obediencia obsecuente con que se ejecutan mis órdenes.
Cuando me asomo a la ventana en la audiencia semanal o recorro las calles en la procesión de cada año, disfruto de la veneración que ilumina los rostros de los peregrinos.
No siempre fue así. Son imprecisos los recuerdos que guardo de mi vida anterior. Entre brumas me veo jugando libremente en el arroyo junto a las otras chiquillas, cuando una comitiva insólita serpenteó por la falda de la montaña. Eran los brahmanes que recorrían las aldeas buscando a la nueva Kumari. Poco sabíamos sobre esos temas cuando fuimos llamadas a su presencia. El miedo nos paralizó. No estábamos acostumbradas a visitas de tan altos dignatarios y nos prestamos silenciosas a sus exámenes y preguntas. Los rostros solemnes de los mayores nos marcaban la importancia del momento. Pronto mis amigas fueron despedidas y solo quedé yo. Mi madre, de quien solo recuerdo su abrazo cariñoso y emocionado pero no su rostro, me subió al palanquín que me llevaría a mi nuevo destino y solo el orgullo y la reverencia que advertía en mis parientes me empujó a conservar la calma
Por primera vez alejada de mi entorno creí morirme de angustia en los primeros días. Estaba temerosa y deslumbrada.
La nueva casa, la reverencia con que era tratada, la comida abundante y la ropa suntuosa no alcanzaban a borrar mis ansias de retornar a mis juegos junto al arroyo bajo la tutela de los montes eternos y por sobre todo a la presencia envolvente de esos brazos que añoraba. En los textos aprendí que eso que me faltaba se llama amor de madre ¿Cómo será crecer junto a una madre?
El lejano bullicio de la calle que me llega a través de los muros que no traspongo, me trae a menudo nostalgia por aquel tiempo perdido en que ella me acompañaba .
El gurú que me asignaron para dirigir mi educación fue mi salvación. Pacientemente me inculco la importancia de mi persona y mi responsabilidad ante el pueblo. Tener a una diosa viviente es la clave de la resignación del pueblo, me explicaba, porque es el puente que une a los dioses y ayuda a aceptar las miserias terrenas. También me reveló como funciona el mundo de afuera y me instruyó sobre todas las ciencias.
Pero se acerca el momento de mi primera menstruación en que perderé esta condición divina y seré devuelta a lo que tanto deseaba. Deseaba…ya no estoy segura de quererlo hoy…mi aldea, las calles de tierra, la choza mísera, esos padres que no conozco, la miseria, la misma que rodea a esa gente que semana a semana se agolpa bajo mi ventana. ¿Sabré retomar el camino del que me arrancaron a los cinco años o pasaré el resto de mis días añorando estos días en que la diosa me habita y que hoy desprecio? Tengo miedo.
Sajani Shakya, Kumari en Bhaktapur, Nepal.
Una Kumari es un niña que es seleccionada entre los 3 y 5 años como reencarnación de la diosa Taleju y es venerada e idolatrada por los hindúes del país, como también por budistas nepalíes, La más conocida es la Kumari real de Katmandú. Ella vive en el Kumari Ghar, un palacio en el centro de la ciudad. El proceso de selección es especialmente riguroso para las candidatas. La actual Kumari real, fue ungida el 10 de julio del 2001 a la los cuatro años de edad. Cuando la niña comienza a menstruar, los nepalíes creen que esta diosa se desencarna de su cuerpo. Igualmente, una enfermedad grave o un accidente que ocasione un profuso derrame de sangre, también son consideradas como posibles causas para que ella pueda retornar a su previo estado como una niña normal2